Continuamos la serie de temas dedicados a la comunicación no verbal, en esta ocasión centrándonos en el cuerpo como canal transmisor.
Bajo el término tensión (張力 chōryoku) se engloban dos técnicas: la tensión en el cuerpo (activación) y la tensión en la cuerda.
El uso combinado de ambas se convierte en un elemento clave para la comunicación y gestión. Hace las veces de canal o medio a través del cual se transmite la comunicación.
Es la herramienta por medio de la cual vamos a poder modular desde el cuerpo de quien ata el cuerpo de la persona atada.
La “tensión en el cuerpo” se entiende mejor si la interpretamos como activación.
Es un mecanismo de nuestro cuerpo fácil de verificar. La activación muscular hace que un músculo se “endurezca” cuando está activo y se “ablande” cuando se relaja.
Un poco de biomecánica
Los músculos son los encargados de ejecutar el movimiento del cuerpo mediante su contracción y estiramiento. Hay distintos tipos, pero el formato de esta clase no nos permite entrar en tanto detalle, aunque sí explicaremos algunos de ellos.
A nivel biomecánico, es importante saber que nuestro cuerpo está diseñado para moverse siguiendo unos patrones que considera como los más eficientes y seguros. Hemos evolucionado gracias al movimiento, de tal forma que nuestros músculos se han ido especializando para llevar a cabo ciertos movimientos y acciones.
Sin embargo, nuestro estilo de vida suele distar bastante de este patrón óptimo de movimiento, y es frecuente que tengamos vicios posturales. Esto hace que, en muchas ocasiones, cuando le pedimos al cuerpo un movimiento, nuestro cerebro resuelva utilizar los patrones viciados que le resultan familiares en vez de los óptimos. Por ejemplo, si cuando nos agachamos a recoger algo del suelo o a atarnos los zapatos solemos flexionar la espalda, lo más probable es que, si tenemos que agacharnos para levantar un peso sin pensar —como puede ocurrir al realizar una suspensión—, lo hagamos con dicha flexión. De modo que quien soporta ese peso será la región lumbar de nuestra columna, en lugar de los glúteos, que son los que han sido diseñados para esa tarea.
Esto es lo que denominamos compensaciones, y las podemos definir como el uso, en una función motriz, de un músculo o estructura que no está diseñada para tal función, en lugar de emplear la que sí lo está. Las compensaciones son algo muy peligroso, que hay que vigilar y corregir, tanto en la persona que ata como en la que es atada.
A la hora de construir las distintas figuras, es importante comprender cómo funcionan a nivel biomecánico para asegurarnos de que sean los músculos y estructuras correctos quienes están soportando los pesos y fuerzas, así como que el reparto de los mismos sea el más óptimo posible.
Aunque en esta clase no vamos a hablar de los ligamentos, tenemos que tener en cuenta una cuestión: las compensaciones suelen castigarlos mucho, y son estructuras que no se recuperan fácilmente.
Con esto no queremos deciros que no os mováis en todos los rangos posibles. Al contrario, experimentar distintos patrones de movimiento es algo beneficioso.
Sin embargo, cuando hablamos de adoptar una posición en la que se van a soportar pesos y aplicar distintas fuerzas, cuanto más cercanos estemos a posturas y patrones óptimos, mejor será el reparto de pesos y fuerzas que realiza nuestro cuerpo, disminuyendo el riesgo de lesiones.
En relación con la musculatura, necesitamos entender cuándo un músculo está activo y cuándo está inactivo, además de que nuestro cuerpo está diseñado para soportar pesos con la musculatura activa y sobre las articulaciones estables.
En nuestro día a día, son los músculos estabilizadores del cuerpo los que se encargan de proteger y dar estabilidad a las articulaciones. Y esto es algo que debemos recordar en la práctica del shibari, a la hora de construir las figuras, ya sea activándolos directamente durante la sesión o reforzándolos con las cuerdas.
Agonismo y antagonismo
Es un mecanismo de nuestro cuerpo por el cual, cuando un músculo se contrae, otro se extiende. Por ejemplo, cuando estiras un brazo, unos músculos se relajan para permitir la extensión, mientras que otros se contraen para retener y controlar el movimiento.
Podéis comprobarlo con el tacto. Por eso, es una buena práctica que la persona que ata toque el cuerpo de la persona atada, para verificar la activación muscular y activar o relajar músculos según sea necesario en cada momento.
En términos generales, un músculo, cuando está activo, está duro, mientras que uno inactivo está blando.
En shibari, la tensión es clave: tensión en la cuerda y tensión en el cuerpo. Una cuerda sin tensión no transmite, pero tampoco transmite un músculo sin tensión, es decir, inactivo.
Es más, todo músculo que no está activo pesa.
Suele resultar más sencillo apreciar la tensión en la contracción muscular. No obstante, esta activación es importante también en la extensión. Esto se debe a que, en términos generales, un movimiento se realiza mediante la acción conjunta de los músculos agonistas y antagonistas de dicho movimiento.
Si bien se trata de una cuestión compleja, podemos resumirla así: los músculos agonistas son aquellos que, cuando se enervan, se contraen para ejecutar un movimiento. Por ejemplo, al levantar la pierna para caminar, los cuádriceps actuarían como agonistas efectuando una contracción que eleva el fémur.
Mientras que los antagonistas, cuando se enervan, se estiran para favorecer y estabilizar el movimiento. En el ejemplo anterior, los glúteos e isquiotibiales de la parte posterior de la pierna estarían actuando como antagonistas del movimiento.
Gestión
Durante la sesión de shibari, debemos provocar esta activación en la persona atada, ya que quien ata es quien tiene el acceso a los recursos. No podemos esperar que sea ella quien la genere de forma consciente.
Además, si estamos atando con una persona que en su vida diaria tiende a realizar compensaciones de movimiento, lo más probable es que estas se traduzcan también a la práctica del shibari, y su cuerpo no active la musculatura necesaria de forma automática.
Para ello, podemos utilizar la piel como medio de comunicación, provocando estimulaciones suaves, como caricias, golpecitos o pequeños pellizcos, recordando siempre que si se produce dolor, el cerebro resolverá en desactivar la musculatura como protección.
Esta activación es agonista al movimiento, es decir, ese músculo que estamos estimulando se prepara para una contracción, haciendo que los antagonistas, a su vez, se preparen para una extensión.
Se trata de algo importante, ya que si lo hacemos sobre el grupo muscular incorrecto, estaremos activando al cuerpo para el movimiento contrario, lo que puede dificultar la construcción de la figura y el reparto de fuerzas y pesos.
Otros métodos a nuestra disposición son: usar el sistema vascular, aumentando la irrigación en la zona, o iniciar el movimiento para que ese músculo lo siga, comprobando que lo realiza de manera correcta.
En ningún caso con presión, fuerza o dolor
Los mecanismos de defensa del cuerpo desactivan la musculatura en presencia de dolor.
Lo hacen para evitar lesiones más serias. Esto tiene un efecto inmediato sobre la tensión: desaparece, y con ella se pierde la comunicación con el cuerpo de la persona atada.
Si aplicamos demasiada presión, o si hay demasiada activación y el cuerpo de la persona atada se “agarrota”, no va a funcionar la técnica.
Una técnica para modular la tensión aplicada o establecida en el cuerpo es que quien ata gestione todos sus movimientos desde el core.
Activación en la persona que ata
La persona que ata debe gestionar tanto la activación de la persona atada como la suya propia.
El cuerpo de la persona que ata no puede estar relajado o sin balance. Todos los movimientos han de salir del core.
Para interactuar y comunicarnos de esta forma con la persona atada, debemos reclutar la musculatura abdominal, lumbar, pélvica y los glúteos (entre otros), lo que se conoce como core.
Únicamente de esta forma vamos a poder modular, desde el cuerpo de quien ata, el cuerpo de la persona atada.
Biomecánicamente, se explica por el hecho de que la musculatura del core es la que nos otorga fuerza, potencia y estabilidad; mientras que, a medida que nos alejamos de la columna vertebral, lo que tenemos es motricidad fina, precisión y habilidad.
Esto es: si quien ata agarra con fuerza, aprieta o maneja con brusquedad, primero, obtendrá una respuesta proporcionalmente simétrica del cuerpo de la persona atada. Pero además, no tendrá ningún control ni precisión en los movimientos de esta.
Recuerda: es un diálogo
Tocar, activar, mover, acercarse o alejarse son formas de comunicación.
Piensa en cuando estás en un espacio público —en la cola del supermercado, en una parada de transporte público— y una persona se sitúa demasiado cerca de ti. Hay una reacción por tu parte, ¿verdad?
Pues en el shibari es lo mismo. Incluso antes de tocarnos, ya nos estamos comunicando.
Puede darse el caso de que quien ata se acerque a la persona atada, la toque... y no perciba una reacción. ¡No hay reacción!
Bien, eso también es comunicación. Puede significar que está muy tranquila esperando, que entiende que debe mantenerse calmada para facilitar el atado, o que, simplemente, no le está impresionando en absoluto lo que está sucediendo.
Lo que sea, ya lo sabremos más tarde. Presuponer y asumir una u otra opción es arriesgado. Pero quien ata sí puede modular su siguiente paso, para ver cuál es la respuesta, y así sucesivamente.
Entender este mecanismo es clave en el shibari erótico. Si lo aprovechas, tendréis resultados mucho más interesantes.
Sentir la activación
Los ejercicios de lecciones anteriores os enseñarán a “sentir” la activación. Siendo prácticos, durante la sesión o juego no podemos estar parando, verificando o preguntando continuamente si todo está como debe.
Tampoco podemos presuponer que todo va bien. Quien ata debe desarrollar la habilidad de identificar, con el tacto y la vista, si la respuesta anatómica de la persona atada es la adecuada o no.
No es magia, es técnica. Y para adquirirla, es necesario haber practicado antes, con un buen feedback por parte de la persona atada.
Debemos entender entonces que “atar fuerte” es solo un recurso narrativo, y como tal, debemos dosificarlo… No es viable una sesión apretando todo el tiempo; esto nos da una línea plana… como un encefalograma. Tampoco un crescendo sostenido… esto es lo mismo, pero peor cada vez.
Atar fuerte, apretar las cuerdas, es solo un recurso narrativo en el discurso del shibari. Y debemos utilizarlo como tal. La intensidad —física y también emocional— no depende de lo apretadas que estén las cuerdas. Unas cuerdas muy apretadas (o muy flojas) dificultan la comunicación, el diálogo y, por ende, la expresión emocional.
Gestionar la tensión en la cuerda y en el cuerpo es la clave. Esta tensión NO se genera desde nuestra fuerza bruta como atadores, sino desde la propia activación, y debe modularse por medio de la intención, para ajustarla a la intensidad que requiere cada instante de la sesión.
Se aplica aquí el mismo principio respecto a la fuerza con la cuerda: si está demasiado apretada, resulta molesta; si está demasiado floja, puede ser peligrosa.
Si estamos realizando una figura compleja, debemos conocer y comprender muy bien la técnica de construcción de esa forma, para poder ajustar correctamente la tensión y la presión de cada cuerda en los tres estadios que atraviesa toda figura: durante su construcción, una vez terminada y en el momento de utilizarla.
Explico brevemente esto:
Pensad en una figura compleja, el kanuki shibari, por ejemplo, o un TK de varias cuerdas. Cuando aplicamos cada cuerda lo hacemos con cierta fuerza o intensidad controlada, y no aleatoria o fruto de las circunstancias.
A medida que vamos construyendo la figura, las cuerdas se van superponiendo, unas tiran de otras, el cuerpo se mueve… las tensiones cambian.
Y cuando empezamos a utilizar la figura, la sometemos a fuerzas, a movimientos…¿Tenéis claro cómo se comportan las cuerdas de vuestras ataduras cuando están bajo tensión?
Debemos entender, entonces, que “atar fuerte” es solo un recurso narrativo, y como tal, debe ser dosificado.
No es viable una sesión apretando todo el tiempo; eso nos da una línea plana… como un encefalograma.
Tampoco lo es un crescendo sostenido: eso es lo mismo, pero cada vez peor.
En el uso de la fuerza, debemos tener mucha precisión, poder controlarla.
Si una cuerda está apretada, debe ser por un motivo, de forma consciente y, sobre todo, con un control real sobre esa tensión: que sea una decisión propia, no una circunstancia… no un “me salió así”.
Es fundamental adaptarse: adaptar la intensidad, la fuerza y los movimientos a la persona atada, a nosotros mismos y al momento. En ese orden: el primer límite es la persona atada, el segundo, nuestras propias capacidades, y el tercero, el momento presente.