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¿Es el shibari esencialmente japonés? Su origen sin duda lo sitúa en los bajos fondos de Japón, pero actualmente hay más practicantes y escuelas fuera que dentro de las islas.

Una realidad, muchas realidades, una perversión

Antes de internet, encontrar información sobre ciertos temas era complicado, y acceder al conocimiento en muchos campos requería un ejercicio constante de criba y crítica ante la dudosa fiabilidad de las fuentes.

Con la difusión de internet, parecía que estos problemas se resolverían. Recuerdo, hace un par de décadas, la emoción que sentía al acceder a blogs y páginas japonesas para seguir el día a día de la escena tokiota.

No sé si es por saturación o por la mezcla de opinión e información, pero cada día es más difícil encontrar datos fiables.

Por ejemplo, si buscas «shibari» en internet, aparecen artículos en medios generalistas, tiendas eróticas y algunas páginas web.

La mayoría replican los mismos argumentos, tomados de publicaciones previas, pero convenientemente adornados para atraer clics y satisfacer rápidamente la curiosidad por una erótica exótica.

Normalmente, cada refrito de la información añade los sesgos del autor y del momento, por lo que, poco a poco, los datos pierden validez.

¿O quizás esa información distorsionada va modulando la realidad a su imagen y semejanza?

Es decir, si ves una imagen llamativa de una persona atada, buscas información y encuentras una fantasía sobre geishas, samuráis, conexiones espirituales y exótica perversión oriental, es probable que compres esa idea como válida.

Si te lanzas a experimentar con las cuerdas, esa puede convertirse en tu realidad del shibari.

Sin embargo, no nos engañemos: la realidad es otra, o mejor dicho, la historia fue otra.

El origen de lo que hoy llamamos shibari está en un subgénero de la industria pornográfica japonesa que surgió a principios del siglo XX.

No era un género de bondage ni de BDSM, ni se llamaba shibari. La temática era más cruda: secuestro y violación. Así se mantuvo en Japón hasta que una nueva ley audiovisual, hace apenas unos años, forzó cambios.

Este dato suele provocar un pequeño shock.

¿Nos hace eso más monstruosos que hace cinco minutos, cuando soñábamos con un hentai estilizado?

No. Pero conocer la verdad permite valorar y entender mejor las cosas.

Entender que muchas técnicas —los jutsu— se diseñaron para facilitar el secuestro y la violación, principalmente de mujeres por parte de hombres, es tan importante como reconocer que muchas herramientas presentes en mazmorras BDSM fueron creadas para causar daño, sufrimiento e incluso la muerte.

Una parte fundamental de las eróticas kink consiste en resignificar prácticas prohibidas o violentas como detonantes del deseo. Por eso, es crucial comprender que el shibari debe ser una práctica erótica, consensuada y consciente.

Fuera de ese contexto, asaltar a una persona e inmovilizarla con cuerdas no es erotismo: es delito.

Ahora bien, si tu interés es hacer figuras, acrobacias o vestidos con cuerdas, también es válido. Aunque se aleje bastante del significado y contexto original.

¿Sigue siendo shibari o deja de serlo?
Un debate estéril y bizantino, en todo caso.

Y no perdamos de vista que el porno es ficción.
No es saludable confundir porno con realidad ni pretender trasladar lo que vemos en un escenario o un vídeo comercial a nuestro dormitorio.

Artes marciales y oficios

Ya lo comentamos en el primer artículo de esta serie: los oficios tradicionales pesan más que las artes marciales en la evolución del shibari.

Gran parte de las técnicas que vemos hoy fueron desarrolladas durante el siglo XX por atadores japoneses que aplicaron lo que conocían: métodos de cuerda usados en construcción, carpintería, transporte textil o agricultura.

Y tiene todo el sentido: en los oficios, la técnica —el jutsu— se optimiza para cumplir funciones de forma precisa y eficiente. Si tu trabajo diario implica atar (una bandeja de pasteles, un fardo de hierba, un animal), entenderás rápidamente cómo esas técnicas se reflejan en diferentes estilos de shibari.

Mas tarde, llegaron las artes marciales.

Algunos atadores incorporaron técnicas marciales, y sí, hay disciplinas que emplean cuerdas y restricciones. Pero, salvo personas puntuales como Yagami Ren, con formación sólida en aikido, ningún atador histórico era un maestro de artes marciales.
(No asumamos que todos los asiáticos saben artes marciales).

Ni falta que hacía. Tomaron ideas útiles y las adaptaron.

Pero es importante subrayar: las artes marciales se diseñan para el combate y la violencia. Preparan para la guerra, no para el bienestar: Si vis pacem, para bellum, como decían los romanos.

Muchas técnicas marciales —diseñadas para luxar, lesionar o derribar— generan riesgos reales si se trasladan sin adaptación a un contexto erótico.

No voy a juzgar los gustos de nadie: si te excita ese nivel de riesgo y daño corporal, perfecto. Pero es importante recordar que el shibari no es seguro solo por tener cierta influencia de las artes marciales. Al contrario: no lo será cuando se utiliza una técnica para un fin distinto al original.

El «japonés» del shibari actual

¿El shibari es japonés?
Sí, en su origen.

¿Pero y hoy en día?

Seamos realistas: ¿cuántas personas practican shibari de forma privada en Japón?

Recordemos que en Japón el shibari está muy asociado a la industria pornográfica, es un nicho marginal e incluso tiene conexiones históricas con sectores mafiosos.

La mayoría de los atadores profesionales japoneses no llevan el shibari a su vida personal. Para ellos, es un trabajo. Cuando terminan su jornada, dejan las cuerdas en el estudio, como quien se quita el mono al salir de la fabrica.

En cambio, fuera de Japón, el shibari ha florecido.

En América, Europa y Oceanía, las comunidades crecen exponencialmente, evolucionando y diversificándose de manera notable.

Esta expansión ha traído una riqueza técnica, artística y conceptual que no tiene nada que envidiar a la escena japonesa contemporánea.

Está muy bien disfrutar de la fantasía nipona, pero es importante reconocer que la comunidad local de cualquiera de nosotros es probablemente más activa, diversa y viva que la de cualquier ciudad japonesa.

El shibari es algo vivo. Somos las personas quienes, al practicarlo, le damos forma.

Y en la comunidad hispana tenemos una ventaja tremenda: somos una legión extendida por España y las Américas, con una enorme riqueza cultural y un idioma común que facilita la comunicación entre comunidades locales, rompiendo las barreras geográficas.

Nuestra cultura sexual es, en general, sana y abierta, y contamos con escuelas de sexología de vanguardia.

Además, nuestras tradiciones artesanales nos han familiarizado históricamente con el trabajo de la cuerda, y hoy tenemos acceso inmediato a internet, que nos conecta a nivel global y nos permite compartir conocimientos, recursos y experiencias.

Entonces, demos un paso adelante y empecemos a considerar el shibari como algo nuestro, de cada practicante, de cada comunidad.

Eso nos permitirá desarrollarnos y desarrollar el shibari.

Para romper el mito del «¿qué es shibari?», lo que tenemos que hacer es mirar hacia el futuro y construir lo que será el shibari para cada uno.

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