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Sekibaku (責縛) - Shoden (初段)
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Existe, una razón profundamente humana por la que estos procesos resultan tan difíciles de revertir. Las categorías ambiguas generan incomodidad, nuestro cerebro prefiere respuestas claras: Sí o no.

Sin embargo, la realidad rara vez funciona así. La mayor parte del conocimiento habita precisamente esas zonas grises.

Aceptar la incertidumbre exige un esfuerzo cognitivo constante y buenas dosis de humildad. Resulta mucho más sencillo ampliar indefinidamente una categoría hasta que todo parezca encajar que aceptar que algunas imágenes permanecerán siempre en una posición incierta.

Paradójicamente, el pensamiento crítico no consiste en clasificar cada vez más cosas. Consiste, muchas veces, en resistirse a clasificarlas demasiado deprisa.

Descartar rápidamente produce tranquilidad, suspender provisionalmente el juicio produce conocimiento.

Solo cuando una categoría conserva la capacidad de excluir mantiene también la capacidad de explicar. Y solo cuando una comunidad acepta que algunas de sus narrativas pueden estar equivocadas conserva intacta su capacidad para aprender y crecer.

Cuando una cuerda deja de ser una cuerda

Grabado histórico relacionado con la idea de la restricción mediante cuerdas y su reinterpretación moderna.
En realidad, apenas existen grabados relacionados con supuestas técnicas de restricción con cuerdas aplicadas a prisioneros. Tampoco existía un sistema penitenciario como el actual. La imagen de unas artes marciales nobles asociadas a estas prácticas es, en gran medida, una romantización occidental surgida en la segunda mitad del siglo XX.

Este artículo no prete responder qué es el shibari oestablecer una definición definitiva de sus límites históricos o culturales.

Intenta comprender cómo una comunidad llega a construir un relato sobre sí misma y cómo ese relato puede modificar progresivamente la forma en que interpreta las imágenes, el pasado y, en última instancia, su propia identidad.

Es un proceso que no nace de la la manipulación consciente, empieza en la manera en que el cerebro categoriza la realidad, continúa cuando esas categorías se comparten socialmente y se consolida cuando proporcionan identidad y capital simbólico.

Siendo reforzado, ahora si deliberadamente, por quienes encuentran en ese relato una fuente de prestigio, autoridad o legitimidad.

Estos mecanismos no son exclusivos del shibari, aparecen allí donde una comunidad necesita explicar su origen, justificar su existencia o reforzar el valor de aquello que considera importante.

El caso del shibari resulta especialmente interesante no porque sea único, sino porque permite observar muchos de estos procesos con una claridad poco habitual.

La relativa escasez de fuentes, la importancia de la iconografía, la fuerte carga identitaria de parte de su comunidad y la coexistencia de intereses culturales, económicos, ideológicos y sexuales convierten este ámbito en un excelente campo de estudio sobre cómo se construyen los relatos colectivos.

Sin embargo, precisamente por esa razón exige también un esfuerzo metodológico especialmente riguroso. Cada vez que una imagen histórica se incorpora a una genealogía contemporánea conviene formular una pregunta sencilla.

No: ¿Se parece al shibari? Sino: ¿Qué significaba para quienes la crearon?

Solo después resulta legítimo preguntarse si existen relaciones con prácticas posteriores. Invertir ese orden significa permitir que el presente reorganice el pasado.

Y cuando el presente reorganiza el pasado, el riesgo es transformar el significado ético de aquello que contemplamos. Una ejecución puede convertirse en una postura, o un instrumento de castigo en un recurso técnico.

No porque la imagen haya cambiado sino porque ha cambiado la historia que contamos sobre ella. Las imágenes conservan su existencia material, los trazos del pincel siguen exactamente donde estaban hace cuatrocientos años. Lo único que cambia es el relato.

Y, sin embargo, ese cambio resulta suficiente para alterar aquello que creemos estar viendo.

Llegados a ese punto, el verdadero objeto de estudio deja de ser el shibari y pasan a ser nuestros propios mecanismos de interpretación.

Porque toda comunidad necesita relatos, pero ninguna comunidad debería situar esos relatos por encima de las fuentes que afirma preservar. La historia no existe para confirmar nuestras identidades, existe, precisamente, para ponerlas a prueba.

Aceptar esa incomodidad constituye una de las formas más exigentes de honestidad intelectual.

Pensar críticamente consiste, sobre todo, en conservar la capacidad de cuestionar aquellas historias que más nos gustaría que fueran ciertas. Entonces quizá volvamos, por última vez, a la imagen con la que comenzaba este ensayo.

Seguiremos viendo cuerdas. Seguiremos viendo una persona inmovilizada.Pero tal vez también recuperemos algo que el relato había ido desplazando lentamente hacia los márgenes.

Veremos una ejecución, una venganza, una sociedad diferente de la nuestra reesemtadas em una obra creada para hablar de violencia, poder y castigo.

Y solo cuando seamos capaces de verla primero como fue antes de preguntarnos qué puede significar para nosotros, estaremos haciendo historia.

El espejo y la ventana

Existe una vieja tentación en toda investigación sobre el pasado, creer que estudiamos la historia cuando, en realidad, estamos buscándonos a nosotros mismos.

Es una inclinación profundamente humana, necesitamos sentir que aquello que hacemos hoy posee raíces antiguas, que forma parte de una tradición, que otros caminaron antes por el mismo sendero.

Pero cuando dejamos de utilizar el pasado como una ventana para comprender sociedades diferentes y empezamos a utilizarlo únicamente como un espejo en el que contemplar nuestras propias ideas dejamos de preguntar qué significaban realmente aquellas imágenes para quienes las crearon y solo nos interesa aquello que pueden decir sobre nosotros.

Y, sin apenas advertirlo, el pasado deja de ser un territorio que explorar para convertirse en un depósito de argumentos.

Las obras dejan de ser documentos, se transforman en pruebas. Los personajes históricos dejan de pertenecer a su tiempo y empiezan a trabajar para el nuestro.

Empezamos a completar sus silencios con nuestras propias expectativas. Y cuanto más fuerte es nuestra identidad, más difícil resulta distinguir entre lo que las fuentes realmente dicen y aquello que desearíamos que dijeran.

Por eso el pensamiento crítico exige una actitud incómoda, aceptar que algunas preguntas no tienen una respuesta definitiva, que ciertas imágenes seguirán siendo ambiguasyque, en ocasiones, la conclusión más honesta consiste precisamente en reconocer que no sabemos.

No todas las semejanzas implican continuidad. No toda tradición necesita remontarse siglos atrás para poseer valor. No toda práctica contemporánea gana legitimidad por encontrar un antecedente remoto.

Como tampoco toda imagen que contiene cuerdas habla de shibari. En ocasiones, simplemente habla de violencia, castigo, crimen o sufrimiento.

Respetar ese contexto no disminuye el valor del shibari contemporáneo. Al contrario, lo libera de una necesidad innecesaria: la de justificarse apropiándose de historias que nunca le pertenecieron.

Baste con comprenderlo por lo que realmente es, con sus luces y sus sombras, con su historia documentada y con sus incertidumbres. Aceptar esa posibilidad exige renunciar a una parte del confort que proporcionan los grandes relatos, pero permite recuperar algo mucho más valioso, la capacidad de sorprendernos.

Y quizá esa sea la enseñanza más importante que deja una simple cuerda.

No todo lo que ata une.

A veces, también puede limitar nuestra manera de mirar.

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