¿En qué momento una representación de una ejecución pasa a convertirse en una ilustración sobre una práctica erótica contemporánea?
Responder a esa pregunta exige abandonar durante un momento el propio shibari y observar un fenómeno mucho más amplio. Porque, en realidad, estamos hablando de la forma en que las comunidades construyen sus propios relatos.

La imagen que ilustra este artículo pertenece al volumen 12 del Jōruri Monogatari Emaki (浄瑠璃物語絵巻, Rollo ilustrado de la Historia de Jōruri), pintado por el maestro Iwasa Matabei durante la primera mitad del siglo XVII, en el periodo Edo. La obra, declarada Bien Cultural de Japón, se conserva actualmente en el Museo de Arte MOA, en Atami.
La escena representa el momento culminante de la historia. Tras descubrir que la madre —o madrastra, según las versiones— de la dama Jōruri ha provocado indirectamente la muerte de su amada, el joven guerrero Minamoto no Yoshitsune (Ushiwakamaru) ordena su ejecución. La mujer es inmovilizada, envuelta en una estera de bambú (sumaki) y arrojada al río como castigo.
La imagen es dura , representa una ejecución violenta y pública, es una manifestación aleccionadora del del poder y de la justicia propios de la mentalidad medieval japonesa.
Y, sin embargo, resulta sorprendentemente frecuente encontrar esta y otras imágenes similares presentadas como supuestos ejemplos históricos de "antecedentes del shibari".
La apropiación del pasado
Toda comunidad desarrolla un imaginario colectivo. Con el tiempo aparecen imágenes, símbolos, personajes, objetos o episodios históricos que pasan a representar la identidad del grupo incluso aunque, en origen, nunca hubieran pertenecido realmente a él.
Es un proceso habitual. Los movimientos políticos reinterpretan acontecimientos históricos, las religiones incorporan símbolos procedentes de culturas anteriores. Las naciones convierten determinados personajes en héroes nacionales siglos después de su muerte.
El shibari no constituye una excepción. Como ocurre con muchas prácticas relativamente minoritarias —al menos desde un punto de vista estadístico— también ha desarrollado una comunidad con un elevado grado de implicación personal.
Para muchas personas deja de ser únicamente una actividad para convertirse en una parte importante de su identidad.
Y cuando una práctica pasa a formar parte de la identidad de quienes la practican, cambia también la forma en que se interpreta la realidad que la rodea.
Las imágenes dejan de ser únicamente documentos históricos y pasan a convertirse en posibles referentes. Las semejanzas visuales se perciben como vínculos históricos.
Y aquello que inicialmente era una simple coincidencia iconográfica puede terminar incorporándose al relato colectivo como si siempre hubiera formado parte de él.
La mayor parte de estos procesos no nacen de una voluntad consciente de falsificar la historia. De hecho, suelen aparecer precisamente allí donde la información es escasa, fragmentaria o difícil de verificar.
La historia de la sexualidad, de las prácticas eróticas y de la vida cotidiana resulta extraordinariamente difícil de reconstruir cuando retrocedemos varios siglos.
Incluso sociedades "modernas", con prensa, archivos y abundante documentación escrita, apenas permiten conocer con precisión cómo vivía realmente la población aspectos tan íntimos como la sexualidad hace trescientos o cuatrocientos años.
En el caso japonés la dificultad es aún mayor. Las barreras lingüísticas, la pérdida de documentación, los cambios culturales y la tendencia histórica a separar la esfera pública de la privada hacen que numerosos aspectos continúen siendo objeto de debate incluso entre especialistas.
Ese vacío genera inevitablemente incertidumbre, y allí donde existe incertidumbre aparecen diferentes relatos posibles para explicar el pasado.
No todos esos relatos poseen la misma capacidad para consolidarse. Las comunidades tienden a conservar aquellos que resultan más coherentes con su propia identidad y que, además, contribuyen a reforzarla.
En otras palabras, cuando faltan respuestas definitivas, las interpretaciones que proporcionan continuidad histórica, prestigio o legitimidad suelen tener más posibilidades de ser aceptadas y difundidas que aquellas que presentan la práctica como un fenómeno reciente, aislado o culturalmente marginal.
Es precisamente aquí donde resulta útil introducir uno de los conceptos más importantes de este artículo: el capital simbólico.
Capital simbólico: cuando la historia también otorga prestigio
El sociólogo Pierre Bourdieu propuso que, además del capital económico o del capital cultural, existe una forma menos tangible, pero extraordinariamente influyente, de riqueza social: el capital simbólico.
El capital simbólico no se mide en dinero ni en propiedades. Se manifiesta como prestigio, reconocimiento, legitimidad o autoridad.
Es el valor que una persona, una institución o una práctica adquieren cuando son percibidas como dignas de respeto, relevantes o socialmente valiosas.
Una universidad fundada hace quinientos años posee un capital simbólico que no depende únicamente de la calidad de su enseñanza. Un templo milenario, una denominación de origen o una tradición artesanal centenaria también lo poseen.
La antigüedad, la continuidad histórica y la asociación con un legado cultural generan un tipo de prestigio que ninguna campaña publicitaria puede fabricar de la noche a la mañana.
Las comunidades humanas conocen intuitivamente este mecanismo desde hace siglos.
Por eso buscan genealogías, reivindican precursores, establecen linajes, rescatan figuras históricas o reinterpretan episodios del pasado para incorporarlos a su propio relato.
No se trata únicamente de explicar de dónde vienen. Se trata también de explicar por qué merecen ser reconocidas.
En este contexto, la historia deja de ser únicamente una disciplina que estudia el pasado y se convierte en una fuente de legitimidad para el presente.
El shibari participa igualmente de esta lógica. Presentarlo como una práctica artística surgida principalmente durante el siglo XX ofrece un determinado relato histórico.
Presentarlo como la culminación de una tradición japonesa con varios siglos de antigüedad ofrece otro muy diferente.
Ambas narrativas no solo describen un origen; también transmiten una valoración. La segunda sugiere continuidad, profundidad cultural y autenticidad. En consecuencia, acumula un capital simbólico considerablemente mayor.
Esto no implica que quienes defienden esa interpretación estén actuando necesariamente de forma deshonesta. En muchos casos ocurre algo mucho más sutil.
Cuando una comunidad encuentra una imagen, un documento o una práctica histórica que recuerda visualmente a aquello que constituye su identidad, resulta natural preguntarse si existe alguna relación entre ambos.
Esa curiosidad constituye el punto de partida de cualquier investigación legítima. El problema aparece cuando la dirección del razonamiento cambia y en lugar de preguntarse:
¿Qué representa realmente esta imagen dentro de su contexto histórico?
la pregunta pasa a ser:
¿Cómo puede incorporarse esta imagen a la historia del shibari?
La diferencia parece pequeña, pero metodológicamente es enorme. En el primer caso, el contexto histórico determina la interpretación. En el segundo, la interpretación contemporánea comienza a reorganizar el contexto histórico.
La investigación deja de basarse en fuentes para fundamentarse de la identidad del grupo. Este cambiio suele comenzar mediante pequeñas incorporaciones, aparentemente inocuas:
Una ilustración que recuerda a una atadura, un relato novelesco, una fotografía antigua, un grabado de un prisionero.
Cada nuevo ejemplo parece razonable considerado de forma aislada. Sin embargo, cuando decenas o centenares de ejemplos se incorporan progresivamente al mismo relato, la percepción del conjunto cambia.
La comunidad comienza a experimentar una sensación de continuidad histórica cada vez mayor. No porque necesariamente hayan aparecido nuevas pruebas concluyentes, sino porque el propio relato ha ido ampliando de manera gradual aquello que considera parte de su historia.
Este proceso resulta especialmente frecuente cuando las categorías poseen fronteras difusas. Si nadie puede establecer con claridad qué queda dentro y qué queda fuera de una práctica, prácticamente cualquier semejanza significativa puede acabar interpretándose como un antecedente legítimo.
Y aquí aparece un fenómeno particularmente interesante; las comunidades no solo seleccionan el pasado, también seleccionan las preguntas que consideran naturales.
Con el tiempo deja de sorprender que una imagen de una ejecución medieval aparezca en una discusión sobre shibari, lo que empieza a sorprender es que alguien cuestione esa asociación.
Para comprender cómo sucede este cambio debemos dirigir la atención hacia la forma en que el cerebro humano organiza y reconoce las categorías para entender por qué determinadas imágenes nos resultan inmediatamente familiares, por qué otras son descartadas casi sin pensar y, sobre todo, cómo una comunidad puede llegar a ampliar progresivamente los límites de una categoría hasta el punto de modificar el propio relato histórico que construye sobre ella.