Nuevas Publicaciones sobre Shibari
Shibari Dojo
Formación online personalizada con seguimiento individual.
También disponible::
Shibari: ¿arte o técnica textil?

Un cuenco de barro, elaborado por un artesano en su taller, se compra en el mercado por unos pocos euros y se utiliza en casa para tomar la sopa.

Esa misma pieza, con el mismo material, el mismo proceso y el mismo autor, se vende en un museo por varios miles de euros y se expone como obra de arte.

Más allá del contexto donde la encontremos —ya que el simple hecho de estar en un museo no convierte algo en obra de arte—, más allá de la intención narrativa del autor —por mucho que yo diga que mi trabajo es arte, eso no lo convierte automáticamente en tal— o de su escasez percibida y su estatus como pieza única validada por expertos —que, al fin y al cabo, no dejan de ser sesgos de interpretación—, puede ser, en términos del filósofo Walter Benjamin, su «aura» lo que aproxima un objeto al arte: la percepción que tenemos de él cuando sale de su función original.

Ese «aura» se ve muy potenciada por el paso del tiempo, y cuando con ojos del siglo XXI observamos piezas del pasado, su capacidad alegórica se potencia exponencialmente. Una venus de Dusseldorf es tan valorable como una escultura de Botero, por más que una sea anterior al propio concepto de «arte» y la otra uno de sus exponentes más claros.

Tengamos en cuenta que no es hasta la Grecia clásica cuando se define el concepto de arte como hoy lo entendemos: una representación, una imitación, una forma de hacer persistente la belleza efímera de la naturaleza.

Estos son dos elementos claros para incluir algo en la categoría de «arte»: su función —cuando esta tiene que ver con la ausencia de un propósito claro, como la contemplación, la meditación o la reflexión, o incluso carece de propósito y función— y la intención de su autor al crearlo.

Son estos los puntos a partir de los cuales diferenciaremos si la misma caja de detergente del supermercado, destinada a lavar la ropa, es un objeto de consumo, o si, instalada por Andy Warhol en un museo para subvertir el momento y llamar la atención sobre el consumo, es una obra de arte.

Es esta trascendencia, más allá de instituciones y mercados, lo que diferencia al arte del consumo.

Si atendemos a su escasez, a su recomendación o a su ubicación, una botella de vino francés prefiloxera, recomendada por un gran sumiller y presentada en un restaurante de reconocido prestigio, tendrá un alto valor económico, enológico y gastronómico, pero no artístico.

En el campo del shibari, cuando alguien se refiere a él como «arte», siempre me preparo para lo peor. Más aún si es en español, donde se juntan dos errores acumulados.

No estoy muy seguro, pero creo que esta confusión viene del libro de Midori, que identificaba el shibari como «el arte del bondage japonés». Ese «arte» procede del término japonés jutsu, que hace más referencia a «técnica y oficio» —art and craft, artesanía— que a arte propiamente dicho.

Así, un agricultor tiene su jutsu para sujetar con un cordel la tomatera a la estructura que le da soporte; un comerciante, para empaquetar los paños que vende; y un ganadero, para manejar y gestionar el ganado.

Si a esto le sumamos que, en español, entre los usos y acepciones del término «arte» se encuentra desde la maña y la actitud positiva hasta las propias bellas artes, la precisión con la que se aplica el término al shibari resulta más que confusa.

Es habitual encontrarse con fotos o performances a las que automáticamente se les aplica la etiqueta de «arte», así, de buenas a primeras, sin ningún criterio técnico ni propósito, simplemente por la necesidad que tiene nuestro cerebro de etiquetar y clasificar para simplificar procesos.

Pero seamos honestos: detrás de la autoproclamación artística suele venir una propuesta vacía, sosa y carente de sentido y de valor técnico, pero aplaudida, preservando así tanto el ego del «artista» como la integración y aceptación social e identitaria del espectador.

Partimos del hecho de que el shibari es una técnica (jutsu), como el grabado o la cerámica, y que es su propósito y la percepción de quién observa lo que lo eleva a la categoría de arte.

Entonces, como toda técnica aplicada al arte, será valorado en una doble faceta: una meramente técnica, que valora la forma en que se aplica y el efecto que se busca con dicha aplicación, y otra conceptual, que pondera la propuesta artística y su alcance.

La valoración financiera del arte ya es otra cuestión.

El segundo criterio, es de más difícil aplicación, ya que la percepción de la realidad varía de una persona a otra; se trata de un proceso ciertamente emocional, que tiene que ver con la forma en que valoramos lo que existe fuera de nuestro cuerpo en relación con lo que sucede dentro de él. Algo cambiante por naturaleza, pero que nos indica mucho sobre el estado de la persona y su contexto social.

Aquí, conceptos como la «normalidad estadística» determinarán si esa apreciación artística es «aceptable» para el grupo o una «aberración» en ese momento y contexto. Así, en una sociedad moderna y culta, el cuerpo desnudo de una mujer puede causar la máxima indiferencia, mientras que en una república islámica regida por la sharía puede implicar su ejecución.

Facetas artísticas del shibari

Pero volvamos al shibari y a su faceta artística, que puede ser erótica, pero raramente será explícitamente sexual, a menos que se trate de una performance participativa o un happening.

Y aunque en su origen nace como expresión «artística» de alta carga pornográfica —por medio de relatos, ilustraciones, fotografía y películas—, más allá de los sesgos asociados al comercio de mercancías escasas y coleccionables, la valoración cualitativa de dichas piezas primigenias es prácticamente nula.

Las fotografías son casuales, meramente descriptivas; las ilustraciones resultan sugerentes para quien guste del bondage o del exotismo japonés, pero no destacan a nivel plástico; y las películas, por la crudeza de sus temáticas y la pobreza en el uso del lenguaje audiovisual, quedan alejadas de cualquier asociación con el arte. Son vasijas destinadas a servir la sopa.

Realmente, es en la narrativa donde menos referencias encuentro. Sí, estoy seguro de que si reviso plataformas online encontraré docenas de relatos escritos por IA con esta temática, pero ni me molesto en valorarlos.

Entiendo que, en un mundo donde prima la inmediatez, donde lo digital vence a lo analógico —ya no en el escribir, sino en el editar y en el hacer llegar a un público objetivo un relato o narración—, la tarea resulta hoy tremendamente complicada.

Atrás quedan los tiempos de las publicaciones pulp de la segunda mitad del siglo XX, donde incluso autores de renombre se ganaban un salario escribiendo relatos de temática BDSM. Y eso, en referencia al bondage; si vamos al shibari, más allá de autores japoneses como Oniroku Dan o Edogawa Rampo, o de los grupos vinculados al eroguro (erótico y grotesco), poco más se puede encontrar.

En el artículo sobre la obra de Azumi Kawahara hacemos referencia al valor sociológico e histórico de publicaciones como Kitan Club.

Fotografía y artes gráficas

Las artes gráficas —la ilustración, el grabado y, por extensión, la fotografía, por su capacidad de captar y fijar un instante efímero— encuentran en el shibari un campo de exploración.

No solo el instante emocional, sino conceptos más abstractos como el volumen, la forma y el movimiento están presentes en la obra de numerosos artistas. Me viene a la mente el trabajo de Inna Krauze, artista rusa asentada en España, que utiliza el cuerpo atado y las cuerdas como matriz de sus grabados.

Si se visita el catálogo de galerías especializadas, como el de Vainilla Gallery, se encuentra un amplio muestrario de artistas, estilos y aproximaciones estéticas al bondage japonés.

Araki, con su fotografía, busca explorar los conceptos de eros y thánatos, oscilando entre la tradición y la subversión de la misma, buscando mostrar el interior de la persona mediante la exposición y la vulneración de su exterior.

Por su parte, Norio Sugiura, mediante su dominio de la técnica tanto fotográfica como de atado, crea escenas y composiciones visuales en las que, desde una óptica y una estética tradicionalmente japonesas, se recrea la belleza del sufrimiento y la restricción como intensas vivencias emocionales.

Uno es conceptual y figurativo; el otro, directo y centrado en documentar el acto de ser atado. Son solo dos ejemplos del abanico de aproximaciones que la fotografía despliega ante el shibari.

El aura que el paso del tiempo otorga a algunas creaciones hace que hoy las valoremos de forma diferente. Es el caso de ilustraciones y fotografías de principios del siglo XX que suman a su valor un componente precursor y subversivo respecto a la moral de su época, un extra que hoy las eleva, para muchos, al plano artístico.

Al fin y al cabo, una vasija utilizada en la antigua Roma para contener aceite es hoy una pieza expuesta en museos, para maravilla y solaz del público.

Artes secuenciales

Las artes secuenciales, como el cine o el cómic, se ven lastradas en este campo por los designios de la industria. Editar una obra gráfica o distribuir una película, hasta hace bien poco, estaba fuera del alcance del común de los mortales.

A esto se suma que la mayor parte de esta producción estaba destinada al mercado del contenido pornográfico de nicho, donde la cantidad prima sobre la calidad.

En el artículo dedicado a Tohiro relatamos cómo una pequeña productora llegaba a sacar al mercado hasta ocho títulos cada mes.

Pero aun así, algunas producciones destacan por su calidad, belleza y capacidad emotiva, más allá de la función de alivio rápido para la que fueron creadas. Buena parte se encuentra en el catálogo de Dogma.

Mirando atrás, las versiones más antiguas de Flor y serpiente, especialmente la de 1974, pueden incluirse en el capítulo de obras a las que el tiempo añade valor artístico.

Dentro del cine noir japonés de la segunda mitad del siglo XX hay diversas obras muy interesantes, ásperas donde las haya, que directa o tangencialmente incluyen el shibari como parte de su narrativa.

Y en el cómic ya entramos en un universo insondable, donde el manga y el anime han hecho del shibari uno de sus nichos preferidos. Pero sigue siendo un tazón para la sopa, y solo algunas ilustraciones u obras puntuales trascienden esa función.

Artes escénicas y otras propuestas performativas

Aquí sí entramos en el totum revolutum de la apreciación del shibari como medio de expresión artística. De por sí, el arte performativo está abierto a que cualquier persona que quiera ser artista se suba a un escenario y se exhiba.

Pero, claro, entre una función infantil sobre Pepa Pig en el pabellón de deportes del colegio y una representación de Electra a cargo de Margarita Xirgu en el teatro romano de Mérida hay un margen considerable.

Las más de las veces, se etiqueta como arte una simple muestra de habilidades —muchas veces con pocas habilidades en lo acrobático, con pobreza técnica en la ejecución del shibari y con ausencia de sentido escénico—, pero eso sí, con mucho sentimiento y caras serias, como si oliese mal en el escenario.

Tengamos en cuenta que los espectáculos de shibari nacen en los clubes nocturnos como un entretenimiento más. En el mítico Phantom Show, el número de shibari era, por así decirlo, el telonero del número de «doble enema».

Privado de esa función explícitamente sexual, replicar los pasos y posturas que nuestro artista favorito ejecuta en cualquiera de las películas para adultos en las que interviene queda vacío y fútil. Resulta muy vistoso para el ojo inexperto y novato, como aquella botella de refresco en Los dioses deben estar locos, pero nada más.

Si nos vamos a planteamientos más acrobáticos, donde la apreciación viene de la complejidad, la dificultad y el riesgo —si aceptamos el circo como expresión artística—, es raro encontrar números que demuestren la preparación, el esfuerzo y la superación que nos maravillan en una gimnasta olímpica o en un acróbata del Circo del Sol.

Pero usemos entonces el término performance como paraguas, ahí cabe todo, lo acepta todo, ya que la performance es una expresión artística definida, que se basa en la ejecución en vivo de la obra por parte del artista ante su público. Es más importante la experiencia que el resultado —o más bien lo era, ya que esta fórmula tuvo su origen en un momento y un contexto sociocultural concretos, y pretendía romper barreras sociales y artísticas de su tiempo.

Hoy en día, las performances tienden a recordar más a las funciones escolares de fin de curso que al movimiento Fluxus o al delirante Chris Burden, aunque muchos de los shows de shibari recuerdan su interés por vincular dolor, riesgo y espectáculo... aunque yo diría que ese juego conceptual no es intencional.

Pero las periferias artísticas del shibari performativo pueden estirarse e incluso abarcar las «artes textiles» (fiber art), donde entraría el denostado macramé —no solo esos vestidos hechos de cuerdas, sino también las intervenciones en espacios urbanos realizadas por quienes cubren de crochet bancos, farolas y palmeras.

Dentro del fiber art, una de las propuestas más conocidas es la de Chiharu Shiota, cuyas instalaciones no solo reciben el reconocimiento de la crítica especializada, sino que resultan realmente sobrecogedoras.

Pero no es la única, y aunque parece que cierto atador japonés quiera apropiarse del concepto, el arte con fibras cuenta con propuestas mucho más interesantes que la suya.

Un claro ejemplo es Swilk, que se define como queer fiber installation artist y cuyas instalaciones giran en torno a la historia del movimiento queer y su propia experiencia emocional.

Una de las cosas que destacaría de su obra es la fusión de fibras con automatismos que responden a la intervención del público, acercándose al concepto de happening.

Swilk creó una exposición artística inmersiva titulada «When you're looking for something, it's important to know who was in love», que utilizaba motores programados en los tejidos para responder a interacciones con recursos web históricos sobre el VIH/sida.

En este vídeo (en inglés) explica un poco más su propuesta y sus motivaciones.

Y pareciera que todo el fiber art es oscuro, denso y atormentado, pero no es así: el mexicano Gabriel Dawe, conocido por sus grandes instalaciones de hilos de colores que tensan el espacio en formas geométricas, explora la percepción y la tradición textil mexicana. Sus obras ocupan desde galerías hasta espacios públicos, creando atmósferas vibrantes y lumínicas.

Para quienes tengan oportunidad, el CA2M (Madrid) alberga exposiciones y colecciones de arte textil contemporáneo que incluyen obras con hilos, cuerdas y fibras desde los años setenta hasta la actualidad, subrayando la importancia de considerar la tradición del hilado como herramienta útil para investigar relatos vinculados a la complejidad del tratamiento de las fibras en nudos, giros y cortes.

Nuevamente, un oficio, un jutsu, traspasa las barreras de lo práctico y utilitario para convertirse en vehículo de expresión artística.

Una de las propiedades de la expresión artística es que nos motiva a pensar, a debatir, a contrastar y a cuestionar la realidad y nuestra percepción de ella.

No abordamos aquí otras disciplinas artísticas, como la escultura, donde algunos artistas exploran desde la transferencia de volúmenes y tensiones a diversos materiales rígidos y estáticos, o la creación de moldes mediante técnicas de vaciado empleando cuerpos atados para ello. No por falta de interés o de valor, sino por no disponer de información ni documentación suficientes para hacer un aporte de valor.

A este artículo lo seguirán otros más específicos, abordando tanto autores como obras y áreas de expresión artística, buscando responder a preguntas como: ¿es arte escénico todo lo que se hace sobre un escenario? ¿Es arte textil toda madeja de hilos? ¿Es shibari cualquier amarre con cuerdas?

CURSO DE SHIBARI ERÓTICO ONLINE
INSCRIPCIÓN ABIERTA