¿Fueron la «disciplina inglesa» y el «vicio francés» victorianos determinantes para el florecimiento del shibari como tal a principios del siglo XX en Japón?
¿Son la fetichización de lo exótico y la jap-exploitation elementos relevantes en la configuración de la forma de entender y vivir el bondage en Occidente?
Para responder a la primera pregunta, sobre el peso de la influencia occidental en la aparición de lo que llamamos shibari en Japón, os recomendamos leer primero los artículos y lecciones disponibles en la web sobre su origen y evolución histórica.
Para resumir: sí, la influencia occidental es determinante.
Tanto por el desarrollo tecnológico que facilitó la aparición de una industria dedicada a los contenidos adultos y los cambios sociales que propiciaron su consumo por parte de la población local, como por la introducción de toda una serie de valores y normas legales y morales que marcaron la definición de sus características iniciales.
Con la aplicación selectiva e interesada de leyes y normas morales victorianas, en Japón se produjo una clara división entre las esferas pública, eminentemente masculina, y privada, donde se recluía a la mujer. La subversión de este valor moral se materializa en el shibari mediante la exposición forzada del cuerpo femenino.
Si somos rigurosos, ya en los siglos XVIII y XIX existía entre las clases acomodadas europeas comercio de obras y materiales de naturaleza erótica en los que se muestran mujeres atadas y escenas de lo que se conocía como bondage.
Un ejemplo es el incipiente fotógrafo francés Charles Jeandel, quien en los últimos años del siglo XIX centraba su obra en mujeres desnudas, atadas, suspendidas y amordazadas.

La colección que el Musée d'Orsay le dedica cuenta con casi doscientos cianotipos —técnica precursora de la fotografía— de temática erótica bondage.
Sea como fuere, al inicio de la Segunda Guerra Mundial existía ya en Japón una industria consolidada centrada en la producción de lo que hoy conocemos como shibari. Al finalizar el conflicto, el periodo de ocupación propició un interesante fenómeno de transferencia cultural y transformación social a uno y otro lado del mundo.
Europa, dividida y destruida por la guerra, inició un proceso de recuperación económica y renovación moral a la sombra de los victoriosos Estados Unidos, consolidados como nuevo referente y capital cultural del «mundo libre».
Ello marcó diferentes formas de aproximarse, en la segunda mitad del siglo XX, al «bondage japonés».
En lo referente al resto del continente americano, no parece haber evidencia clara sobre la difusión del bondage como práctica en la literatura y publicaciones eróticas —principalmente clandestinas y reservadas a los «letrados»— durante los siglos XVIII y XIX.
Las pocas referencias al bondage como tal lo sitúan en un contexto de dominación y castigo, probablemente vinculado a los procesos de manumisión de la época y a las fantasías eróticas que estos generaron.
En los artículos referidos a pie de página se analiza el diferente estadio legal y social en Japón y en EE. UU. al final de la guerra, y cómo este influyó de manera decisiva para que el por entonces subgénero shibari cruzase el océano.
Dicha situación legal, con férreas prohibiciones, y su propia naturaleza pornográfica hacen difícil rastrear cómo los materiales llegaron y se difundieron, pero existe un cierto consenso en torno a los siguientes puntos.
En el entorno del periodo de ocupación americano —segunda mitad de los años cuarenta y década de los cincuenta del siglo pasado— se dio un frecuente intercambio editorial entre ambas orillas del Pacífico, con tempranas influencias de Bizarre en las publicaciones japonesas y viceversa, ya referidas en el artículo que dedicamos en la web a Kitan Club.

Después de este periodo inicial, sin embargo, por la propia evolución de la sociedad —tanto occidental como japonesa— y por la naturaleza semiclandestina de estas prácticas eróticas, el hilo parece diluirse.
A mediados de los años setenta se estrenó Flor y serpiente (Flower and Snake, «花と蛇», Hana to hebi), que alcanzó cierta popularidad en circuitos culturales underground.
Aunque el roman porno era un género en boga y próspero en Japón, en Europa la censura, la falta de distribución y la barrera idiomática hacían que su difusión fuera muy limitada.
A principios de los ochenta se estableció una incipiente conexión entre clubs y asociaciones de sadomasoquismo de Norteamérica y Japón, en el contexto de la contracultura y las sexualidades alternativas.
No es hasta principios de los noventa cuando el artista francés Romain Slocombe conoce a Nureki Chimuo, lo que facilita la introducción del shibari en círculos artísticos europeos.
En 1995, Nagaike Takeshi (長池士) se convierte en el primer atador japonés publicado en Estados Unidos, a través de un fotolibro de Ken Marcus. Su posterior viaje a California marcó el inicio de la popularidad del shibari en las comunidades alt-sex norteamericanas.
La obra de artistas como Dan Oniroku y los llamativos espectáculos de Akechi Denki aprovecharon esta apertura y lograron llegar a un público todavía minoritario.
No es hasta la popularización del vídeo doméstico, en la segunda mitad de los noventa, cuando empiezan a encontrarse en los locales especializados películas para adultos de temática shibari.
Destaca Bondage of the Rising Sun, de Ernest Greene (1950-2024), responsable de buena parte de las producciones de temática bondage y de su popularización en EE. UU. desde plataformas como Hustler Taboo, Kink.com o Adam & Eve.
Es precisamente de la mano de Ernest Greene como Midori llega a la industria adulta. Su libro The Seductive Art of Japanese Bondage (2001) supuso un verdadero punto de inflexión en la divulgación y el estudio del shibari en todo Occidente.
Un par de años antes, Akechi Denki hacía lo propio en Europa con sendas visitas que consolidaron su estilo como referencia en la escena continental.
Con el cambio de siglo, en 2002, comenzó a celebrarse en EE. UU. el Shibaricon, una convención determinante en la difusión del shibari en Norteamérica, por la que pasaron, entre otras figuras, Saki Kamijoo (2013), Kazami Ranki (2014) y Nawashi Kanna (2015).
En Canadá cabe destacar la temprana presencia de dojos e instructores dedicados tanto al estilo de Kazami como al de Naka, este último de la mano de Isabelle Hanikamu.
En la segunda mitad de la década de 2000, en Europa comenzaron a organizarse talleres y eventos en distintos países del continente.
Osada Steve impartió varios talleres en Berlín (2005...), donde pronto destacaría la figura de Felix Ruckert (Eurix) como organizador de eventos.
Arisue Go visitó en varias ocasiones el norte del continente, con actividades registradas en 2009 y 2010.
Sin duda, el punto de inflexión en Europa fue la celebración, entre 2009 y 2013, del London Festival of the Art of Japanese Bondage, en Londres, presentado por Esinem.

En este evento se dio a conocer la «nueva generación» de atadores, entre los que se encontraban nombres como Kinoko o Yagami Ren, que en la siguiente década realizarían diferentes giras por el continente.
En esa misma época merecen especial mención las giras europeas y americanas de Yukimura Haruki, mientras su salud se lo permitió, y la presentación de Akira Naka en el Moscow Knot de 2013.
Cabe destacar que la popularización del uso de internet contribuyó en gran medida a la difusión del shibari en todo el mundo, grupos de correo en yahoo, twitter y canales irc, así como foros y algunas plataformas web acercaron esta expresión erótica a muchas personas.
En España, el shibari comenzó a tomar cuerpo en los últimos años del siglo XX y primeros del XXI, muy vinculado a la escena BDSM del momento, en buena medida gracias a Kurt Fisher, quien desde su Club Rosas5 (2002) fue sin duda el gran impulsor del shibari en el país.
De su mano se organizaron los primeros talleres, como los de Osada Steve en Barcelona (2010), y eventos como el 48/7 en Madrid, donde un reducido grupo de entusiastas se movía en el entorno de los míticos Garage, Fetterati y Dark Sabbat; allí, de la mano de Davide, se organizó un taller con Esinem en 2012.
Con el inicio de la década de 2010 había en España grupos activos en Andalucía, Asturias, Barcelona, Madrid, Valencia y algunas otras ciudades, siempre vinculados a espacios y organizadores o dinamizadores locales.
Por la parte que me corresponde: el 6 de mayo de 2011, a la muy taurina hora de las cinco de la tarde, abrí en Gijón el Nawakai como espacio dedicado a la práctica y difusión del shibari, y germen del dojo.
Por allí pasaron para mostrar su técnica en performance y talleres atadores como Mark Yu, Yukinaga Max —alumno de Yukimura— o Hajime Kinoko en su gira europea de 2014, hasta que en 2015 nos mudamos a un nuevo espacio y adoptamos temporalmente el nombre de Kinky Club.
Allí, tras organizar talleres con los por entonces discípulos de Naka —Riccardo Wildties e Isabelle Hanikamu—, conocimos en 2016 a Yagami Ren y nos decantamos por su estilo.
En ese periodo fueron apareciendo —y desapareciendo— otros locales y espacios en el territorio ibérico, al tiempo que proliferaban talleres y visitas de atadores, como la multitudinaria masterclass impartida por Akira Naka en Madrid en 2014.
Aquella época fue de absoluta expansión del shibari en Europa, posiblemente por el efecto del citado certamen londinense, que estableció vínculos entre una floreciente escena japonesa y una ávida escena europea.
Muchas personas viajaban y compartían en un momento de descubrimiento y asombro ante el bondage japonés.
En esa misma época, en Argentina, Camelia Tsubaki abrió su espacio en Buenos Aires tras estudiar con Osada Steve y Yukimura. Anteriormente, en el Cono Sur el shibari contaba con una reducida escena vinculada al mundo del tatuaje y la modificación corporal.
En México existía una incipiente escena en la primera década del siglo XXI, con figuras como Takumi dinamizando intensamente la actividad. Aprovechando una de las visitas de Saki Kamijoo a EE. UU., se organizó un taller en la capital.
Y entonces llegó el COVID. Todo se paralizó, nos pasamos a las plataformas en línea... y el resto ya lo estáis viviendo.
Esta no es una relación precisa, exhaustiva ni detallada; solamente un resumen de lo vivido, leído y relatado. Cualquier corrección o ampliación de los datos aquí recogidos será bienvenida.