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Dentro de la genealogía del kinbaku contemporáneo existen figuras cuyo valor no reside en la innovación técnica ni en la proyección pública, sino en la custodia minuciosa de una memoria compartida. Saikatsu, nacido a finales de los años cuarenta enla prefectura de Ishikawa pertenece a esa segunda categoría.

Durante veinticuatro años fue ayudante y amigo de Akechi Denki, uno de los nawashi más influyentes de la segunda mitad del siglo XX japonés, y esa cercanía sostenida en el tiempo lo convirtió, más que en discípulo, en depositario de un archivo vivo: notas, fechas, nombres y anécdotas que él mismo se encargó de conservar con el rigor de quien sabe que la historia oral, si no se registra, se pierde con quien la porta.

Su recorrido no comienza, sin embargo, con Akechi, sino mucho antes, como consumidor.

Estudiante en Tokio a mediados de los años sesenta, descubrió la revista Kitan Club por azar, en casa de un compañero, y desde entonces se convirtió en lector asiduo de publicaciones eróticas y SM —Uramado, SM Collector, SM Select, SM Fan, SM Mania— y espectador de las películas pink que proliferaron en aquella década.

Es un dato relevante para entender su figura: antes de sostener una cuerda, Saikatsu fue durante casi veinte años observador atento de una cultura que en Japón permanecía deliberadamente subterránea. Él mismo lo resumía con una frase que condensa bien la época: «Tal mundo era realmente clandestino, y no podíamos hablar de ello abiertamente».

El ingreso en el círculo de Akechi

Saikatsu no llegó al shibari buscando convertirse en nawashi. Llegó, en 1979, como espectador del espectáculo Phantom de Akechi Denki, y dos años después, casi por casualidad —al llevar unos carretes de fotografía para revelar—, se ofreció a ocupar el puesto de recepción que había quedado libre.

De ahí en adelante fue, durante más de una década, la persona más constante en el entorno de trabajo de Akechi: recepcionista, operador de vídeo, encargado de la música ambiental en los espectáculos y, finalmente, alguien a quien Akechi invitó a probar la cuerda por primera vez, en 1983, sin explicación ni instrucción previas.

Su relato de ese momento es revelador del modo de transmisión que imperaba en aquella generación: «No me enseñó cómo hacerlo. Simplemente aprendí de su ejemplo (...) Yo ataba y desataba, y ya está. Ni siquiera me decía si estaba bien o mal».

Este aprendizaje por observación, sin corrección explícita ni retroalimentación verbal, contrasta de forma marcada con los sistemas pedagógicos estructurados que después impulsarían figuras como Takumi Miura.

Saikatsu no fue, en sentido estricto, alumno de Akechi; fue su ayudante de confianza, presente en cada sesión durante los diez años que la oficina permaneció en Sasazuka, un periodo que el propio Akechi consideraría después el más pleno de su carrera. Su papel se mantuvo siempre en un segundo plano deliberado: nunca reclamó para sí el título de discípulo (deshi, 弟子), y de hecho subrayó en repetidas ocasiones que Akechi solo reconoció formalmente a tres discípulas, todas mujeres —Raika, Enka y Kadera—.

Cuando en un único trabajo para la productora Soft On Demand Akechi le prestó su cuerda y le permitió usar el nombre «Akechi Saiki» (明智才鬼), Saikatsu conservó la tarjeta de visita correspondiente como recuerdo personal, pero nunca volvió a emplear ese nombre, ni siquiera tras la muerte de Akechi, cuando hacerlo le habría resultado sencillo y quizá provechoso.

En un entorno —el de la escena japonesa del kinbaku— donde la herencia de un nombre o un linaje puede convertirse en objeto de disputa, la actitud de Saikatsu ofrece un contraste útil: alguien que prefirió preservar la exactitud de los hechos antes que capitalizar su proximidad con una figura de referencia.

La enseñanza tras la muerte de Akechi

Tras el fallecimiento de Akechi Denki en julio de 2005, Saikatsu asumió la enseñanza de cuerda en Black Heart, el reconocido bar de Ginza, bajo el nombre Shimokawa Satoru.

Una de sus lecciones documentadas, publicada en 2011, describe con detalle el kuchinawa shibari (口縄しばり), una atadura de mordaza que incorpora la propia cuerda del cuerpo como elemento de contención bucal. El texto resulta significativo por su enfoque: junto a la instrucción técnica, Saikatsu introduce de forma explícita consideraciones sobre el consentimiento de la persona atada, el riesgo de lesión en las comisuras de los labios y la necesidad de proceder con lentitud al desatar.

Es una pedagogía que combina la crudeza estética de la práctica —la propia lección habla de «tormento» (seme, 攻め) y de la teatralidad de la saliva goteando— con un cuidado explícito por la integridad física de quien recibe la atadura, un equilibrio que no siempre está presente en los materiales de la época.

Paralelamente, mantuvo también un papel de asesor dentro del Bakuyukai (縛遊会), la asociación fundada en 1996 por el propio Akechi como primer presidente, y que tras su muerte pasaría a manos de Takumi Miura. Aunque Saikatsu nunca ocupó un cargo formal en la estructura —a diferencia de Miura o de Harutokyo, vicepresidente de segunda generación—, participaba regularmente en las sesiones de evaluación técnica, comprobando junto a Miura y Marou la tensión, la forma y los tiempos de ejecución de las ataduras examinadas.

Su mirada crítica sobre la evolución del propio Bakuyukai hacia un modelo de dojo (道場) —término que, según explicó, no se empleaba en los primeros años, cuando las sesiones se llamaban simplemente «reuniones de formación» (koushuukai, 講習会)— aporta una perspectiva poco frecuente: la de quien vivió el paso de una transmisión artesanal e informal a un sistema de grados y clasificación progresiva, hoy exportado con éxito a la escena internacional.

Sobre el estilo resultante de Miura, Saikatsu fue directo sin ser hostil: «Siento que su estilo es ligeramente distinto del de Akechi (...) Lo llama estilo Bakuyu, pero en realidad es solo el estilo de Miura» — una observación que no pretende deslegitimar la obra de Miura, sino simplemente distinguir con precisión historiográfica entre la transmisión de una técnica y la creación de un estilo propio.

Terminología y postura ética

Más allá de la técnica, Saikatsu dejó también una reflexión sobre el vocabulario del oficio que merece registrarse por derecho propio. Se negaba a emplear el término kinbakushi, prefiriendo siempre nawashi, en fidelidad al uso que hacía el propio Akechi; y distinguía entre kinbaku (緊縛) y shibari con una precisión que reconocía, al mismo tiempo, difícil de verbalizar del todo: «Creo que la palabra shibari pesa más que kinbaku (...) Si se entiende el sentido del sustantivo kinbaku, se convierte en el verbo shibari».

Es una distinción que, lejos de la voluntad de sistematizar un vocabulario cerrado, refleja la naturaleza fluida y en buena medida subjetiva de la terminología japonesa del bondage, tal como él mismo reconocía al constatar que «cada cual tiene su propia interpretación, incluso en Japón».

Su postura ética, recogida en varias de sus intervenciones, insistía en un punto que no siempre resultaba evidente en el entorno que describía: la gratitud hacia la persona que consiente ser atada.

Consideraba fuera de lugar presentar a una pareja de juego como «mi esclava» fuera del contexto privado de la práctica, prefiriendo el término «compañera», y reservaba su crítica más firme para quienes, tanto japoneses como extranjeros, comenzaban a enseñar tras una formación mínima: «Hay personas que se ponen a enseñar tras acudir a clase solo unas pocas veces, y creo que eso está fuera de lugar».

En un momento de expansión internacional acelerada del shibari, esta insistencia en la responsabilidad hacia la persona atada por encima de la rapidez en la transmisión constituye, probablemente, su aportación más transferible al oficio, más allá de cualquier técnica concreta.

Una figura discreta de profundos valores

Quienes lo trataron coinciden en describirlo como una persona discreta, ajena a la autopromoción, rasgo que uno de sus allegados resumió señalando que, junto con Matsui Kenji, representaba «lo que hoy podría llamarse la vieja escuela: el sadomasoquismo y el erotismo giraban en torno a la modelo, no en torno a quien ataba».

Esa misma fuente lo describió como alguien que «mantuvo su integridad intacta, sin comprometerla nunca por motivos comerciales», en contraste explícito con las disputas de linaje y las reivindicaciones de filiación que, según distintos testimonios recogidos en su entorno, se multiplicaron en la escena japonesa a medida que crecía el interés internacional por el kinbaku.

Su valor para la historiografía del reside en haber sido, durante más de cuatro décadas, testigo próximo y memoria fiable de una de las figuras centrales del kinbaku de posguerra, y en haber transmitido después, con la misma precisión, tanto la técnica heredada como el cuidado hacia la persona atada.

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